30.7.13

PATIO Y CASA

La lección del patio argelino
Albert Illescas
Un patio puede ser muchas cosas: hueco de luz, jardín recoleto, pozo de sombra, plaza y paisaje, almacén de imágenes, espejo de prestigio y límite del horizonte; pero también un eficaz mecanismo proyectual, un ingenio versátil que permite resolver muchos proyectos. Puede ser incluso sólo concepto, artefacto arquitectónico puro -sin contaminación espacial- constituido por una especie de antimateria que hace desaparecer del edificio todo aquel lugar central, oscuro e inútil, de la planta. Louis I. Kahn hablará del “lugar de la diagonal”, Souto de Moura no lo menciona, pero el hecho es que ambos dejan de lado el patio central, al que no da pieza alguna ni se le asigna papel en el uso diario de la vivienda.
Y, con todo, es fundamental, ya que permite ampliar el perímetro de la casa y por ende el contacto con el espacio exterior. Es, pues, un patio-almacén de todo el espacio sobrante lo que se quiere ocultar de la vista. Un espacio inexistente por definición, puro mecanismo de proyecto. Patio para arquitectos, modernos en especial, adscritos a la tradición de la terraza y la fusión con el paisaje.


No hablaremos, pues, de tales patios sino de los otros, lo que podríamos denominar, recordando el pino piñonero, “patio verde”, el patio de espacio, que puede llegar a serlo todo, patio para los que aman los patios. Y de entre todos, los de la kashba de Argel, y no sólo porque en ellos encontremos ciertas raíces de la arquitectura moderna, o uno de los orígenes de la mediterraneidad de Le Corbusier, sino porque a pesar de ser exóticos, de pertenecer a una cultura diversa, de estar en el límite entre la arquitectura popular y la culta, son lugares antiguos, prístinos, que nos pertenecen a todos. Desde siempre.
Argelia es tierra del Islam, donde, siendo todos los hombres iguales a los ojos de Alá, está proscrita la ostentación de riqueza, la expresión de la desigualdad. En tales circunstancias es al patio, lugar central y oculto de la casa, a donde se ha retirado la expresión de la individualilidad. Conducta admirable que ha desnudado la ciudad de todo ornato personal, poco respetuoso a veces, y que evita -por decreto- mucho mal gusto.
De ahí esta ciudad densa, de fachadas desnudas, texturas de cal, craqueladas, volúmenes puros volando sobre las calles, pequeños agujeros, miradores y rejas, aristas que ocultan colores lentos. La luz marca el paso del tiempo en los muros y las sombras dibujadas en el pavimento.
En China se llega a un resultado similar de ciudad no segregada por categorías sociales partiendo de premisas totalmente distintas. De acuerdo con los planteamientos confucionistas las casaspatio chinas deben expresar en su exterior el rango social de sus ocupantes, cada uno en su lugar, en actitud diametralmente opuesta a la piadosa ocultación musulmana. Con todo, el resultado urbanístico es similar: también aquí ricos y pobres viven uno al lado del otro, sin que sea necesario cambiar de barrio, al quedar sobradamente de manifiesto en la fachada el lugar que cada uno ocupa en el orden general.
Las apariencias engañan: el patio sevillano, que tiene un aspecto arabizante muy similar al de los patios argelinos, juega un papel totalmente diferente desde que, en el siglo XVIII, abandonó la discreción del centro de la planta para abrirse, mediante la reja, a la calle.
Patio-escaparate, que expone al público el estatus de la familia. Curioso espacio donde se alojan pianos -tal vez sin cuerdas-, retratos antiguos y oscuros, blasones, voluminosos muebles tapizados, flores y fuentes. Dioramas ofrecidos al viandante de esta ruta de encantamientos y apariencias.
En Argelia el patio se denomina west ed-dar, el centro de la casa. Es de planta cuadrada, limitado en cada uno de sus lados por cuatro estancias parecidas en forma de “T”. En estas dependencias viven las diferentes parejas o esposas que constituyen la familia. Las habitaciones más pequeñas de los ángulos -duïreslas pueden ocupar los hijos solteros, el servicio, las concubinas y la escalera.
Como era de esperar del principio de indiferencia funcional de la arquitectura islámica, este esquema de patio-rodeado- por cuatro-recintos servirá para todo tipo de edificios (madrassas o escuelas religiosas, hospitales, etc.). A menudo sólo los versículos del Corán que figuran en los muros nos aclararán la función de un edificio del pasado. El west ed-dar es el lugar de la familia, su escenario cotidiano, donde se hace la colada o se friegan los platos, donde se cocina o escribe; y también donde juegan los niños entrando y saliendo de un sitio a otro; lugar de macetas y plantas, y zona donde se recibe a los pocos hombres que son admitidos en este dominio familiar; lugar, en fin, donde se conversa mientras se trabaja, pero también donde se puede hacer y escuchar música. Lugar donde se vive.
El claustro occidental sería un espacio formalmente parecido pero conceptualmente opuesto a este patio, ya que la zona de estar sería el porche, mientras que el espacio descubierto, huerto o jardín, sería el lugar hacia donde mirar.
Las estancias se abren al patio durante el día mediante unas grandes puertas pivotantes que permanecen plegadas junto a la pared. Toda la planta es un único espacio. Al llegar la noche, al cerrarse las puertas, cada dependencia y cada célula familiar recuperan la
privacidad.
Las cuatro piezas son poco profundas, alargadas en el sentido de la fachada que da al patio. En el centro, delante de esta puerta siempre abierta, se dispone un espacio cuadrado que con frecuencia forma un voladizo sobre la calle, llamado k’bu porque suele estar cubierto por una cúpula (kuba). Lugar privilegiado de la estancia, pertenece a otro leitmotiv de la arquitectura islámica que hallamos por doquier, en los iwan sasánidas, en la Alhambra de Granada, y en las galerías de las mezquitas otomanas que tanto enseñaron a Le Corbusier: un espacio agradable al hombre, a la medida de su cuerpo, un lugar para estar, situado dentro de otro espacio mayor, a la escala del entorno. Armonía entre las medidas del hombre y las de la construcción, huella humana en el diseño del edificio. Esta es una manera de entender “la escala humana”. El k’bu es un lugar especial en la pieza y nada más, un sitio para estar, tal vez apoyado en la pared, mirando por la ventana, apartado del espacio grande. Ningún cambio de función, sí de calidad.
Nosotros tenemos espacios en esta situación subordinada, si bien ya marcados por la función: la sala y la alcoba de las masías, que tal vez provienen de un k’bu originario ya que la palabra “alcoba” deriva de el-kuba.
La casa argelina funciona como una verdadera “máquina de habitar” y dispone también, como las obras de Le Corbusier, de una profusión de aberturas especializadas. En la membrana que relaciona estancias con patio, la fachada, el elemento central es la puerta pivotante que, como ya hemos visto, permanece abierta durante toda la jornada.
A su lado, las ventanas, divididas en dos zonas para controlar las vistas y para teñir la luz en la parte superior. Esta división en vertical de los elementos se corresponde con la duplicidad de puntos de vista: el principal, desde la perspectiva más habitual, sentado en el suelo, y el otro, de pie. Las mismas ventanas, con puertas o lejas, se pueden convertir en armarios de pared; la mencionada división permite numerosas variantes según a qué se destine cada una de las partes. Por encima de puertas y ventanas, nuevas aberturas protegidas por celosías aseguran la ventilación. Finalmente, otros agujeros rectangulares, protegidos por rejas en el exterior y porticones en el interior, alojan las luces de vela, lámparas de aceite que permiten la circulación nocturna por el patio.
El techo de estos nichos es una pieza de pizarra agujereada para permitir la salida de los humos por unos conductos situados en el centro mismo del muro.
Las restantes conducciones, los bajantes que dirigen las aguas de la terraza y del propio patio hacia la cisterna, están dispuestas mucho más cerca de la cara exterior de la pared, en orden a facilitar el acceso a las mismas en caso de fugas de agua.
El muro es de ladrillo, relativamente delgado a pesar de que soporta unos forjados pesados: de tierra, sobre latas y vigas de madera. Para que las vigas de madera no flechen, y evitar asimismo los pilares intermedios, se disponen muy juntas, lo que da lugar a unos techos muy articulados que contrastan con la lisura de las paredes. Esta disposición no deja espacio para cargar vigas por los dos lados, para solucionar lo cual las viguetas de las estancias se colocan por encima de las del patio.
Aparece así una jerarquización de espacios y de vistas. Lo mismo sucede con el suelo del k’bu que está ligeramente por encima del de la cámara. La elevación es poca, apenas 13 cm, la medida de las vigas, pero suficiente para esta blecer el nuevo orden y permitir también la continuidad espacial que facilitan las grandes puertas pivotantes y sin marcos, ya que el propio escaloncito se encarga de impedir la entrada del agua de lluvia.
Los pequeños detalles se vuelven fundamentales en esta arquitectura esencial, sin muebles ni artefactos que relacionen hombre y edificio; aquí este papel debe realizarlo la propia arquitectura.
En estas condiciones no hay lugar para frivolidades expresivas, originalidades que después el amueblamiento se encargará de arreglar. Corresponde al espacio, la luz, las paredes, el plano del suelo y las aberturas resolver el problema.
Es una arquitectura absoluta en la que, más que en ningún otro sitio, se trabaja con el vacío; no se hacen muebles de obra que forzarían a un determinado uso del espacio, antes bien se apuesta por su ausencia, que produce el efecto contrario: el del espacio funcionalmente indiferente.
Arquitectura intrínseca, en el límite, pero con una apariencia tan cotidiana - es de uso diario- , que puede pasar desapercibida.
Hay que saber mirar. Detrás de estas obras sin esfuerzo aparente, que parece pueda hacer cualquiera, hay como siempre un sueño, la búsqueda de un lugar, de una luz determinada, unas proporciones y unas medidas. Pero aquí el sueño no es individual, no se trata de afirmar la propia personalidad antes que la obra, sino todo lo contrario: es un sueño colectivo, físico, arquitectónico, puede que sobreentendido, pero presente.
Un lugar que ha de ser como es. Un espacio que busca su destino. Inexorable. Tan útil como un cepillo de dientes.