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26.1.14

GUARDAPOLVO

Guardapolvo. El agua en la fachada
2 Guardaguas. Cubreagua. Faldón. Sobrepuerta. Sobrecejo. Marquesina
3 Tejaroz. Sobradillo
4 Tambanillo. Tambarillo. Frontón. Tímpano
5 Capirote
6 Guardapolvo. Cobertor. Umbela
7 Mazonera
8 Fajón. Acodo. Chambrana. Chambilla
9 Alfiz. Arrabá. Albanega. Enjuta. Sobaco
10 Bahorrina
11 Vierteaguas. Despidiente. Bateaguas
12 Imposta
13 Cornisa. Vertiente de la cornisa

1 La apertura de un hueco en el muro de fachada plantea problemas de borde ya que el muro debe ser modificado en el entorno del hueco para hacer frente a las dificultades que la discontinuidad introduce. Algunas de estas modificaciones sólo afectan al grosor del muro, que incrementa, por ejemplo, su capacidad portante al colocar dinteles, etc. Trataremos este tipo de adecuaciones de carácter mecánico en el capítulo que encabeza la voz Umbral. Aquí recorreremos únicamente lo que modifica el haz exterior del muro. Se trata, en general, de elementos que tienen su origen en la protección del hueco frente a las aguas que descienden por la fachada. Con los años su diseño se ha ido modificando para contribuir a la conducción de la suciedad y para ordenar las manchas que se producirán en el alzado del edificio.


2 Algunas voces designan los elementos más sencillos, los que simplemente proyectan el agua fuera del plano de fachada: el guardaguas o cubreagua, esto es, «tabla que protege la unión del marco o montante con el dintel [...] para evitar la entrada del agua de lluvia» (T); o el ‘faldón, «platabanda de madera que sustituye a la cornisa sobre puertas y ventanas» (MM), y su sinónimo *sobrepuerta. Un elemento más importante parece ser el sobrecejo que, para María Moliner, además del borde saliente de algo, «es el cobertizo que avanza sobre una puerta, escalinata o andén para resguardarlo de la lluvia». Por su proximidad tenemos que citar aquí la marquesina: «especie de alero o protección de cristal y metal que se coloca a la entrada de edificios públicos, palacios, etc.» RAE). Es una voz que viene de la marquesa, el dosel que marcaba la entrada en una tienda de campaña de cierto rango.
3 La manera más natural de proteger no sólo la fachada sino también un pequeño espacio vecino, un balcón, por ejemplo, es construir un tejadillo encima. Eso es lo que explican voces como tejaroz o sobradillo. La primera hace referencia directa al tejado como solución constructiva, la segunda alude al nombre general de los espacios bajocubierta, el sobrado.
4 Si ese tejadillo se organiza a dos vertientes, se evitará que las aguas caigan por delante del hueco, algo bastante inadecuado en el caso de una puerta de acceso, por ejemplo. Ésta idea sugiere la formación de un pequeño frontón sobre el hueco que conduzca las aguas hacia fuera, pero también hacia los lados del hueco. Esta es la intención del tambanillo o tambarillo (cruce de las palabras tímpano y tambor), descrito por María Moliner como el «frontón que corona una puerta o ventana » y asociado a las voces que se refieren a su modelo original de modo que lo admite como acepción en las entradas correspondientes a frontón y tímpano.


5 Vestida de frontón, nuestra protección adquiere una dignidad que le dará un papel importantísimo en la composición de la fachada; sin embargo, al mismo tiempo en que se produce su desarrollo de esa función estética, se olvida su primigenia función constructiva. Los diccionarios son testimonio de ese olvido, y así nos llega el capirote: «la cornisa con que regularmente se corona una puerta o ventana para su mayor ornato » (BB, MT y T), voz en desuso y que parece acentuar los aspectos ornamentales del elemento. Como tantos otros, el tambanillo, un elemento constructivo de suma difusión en la arquitectura popular, encontró su expresión culta en la arquitectura del Renacimiento, que hizo de él uno de sus elementos compositivos más significativos.
6 Entre todas las voces, no obstante, he preferido guardapolvo porque en su definición los diccionarios parecen moverse entre ambos extremos, la protección y el ornato, y porque además introduce su objetivo en su propia construcción verbal: la protección frente a la suciedad. Los vocabularios tradicionales la acercan a la función decorativa del capirote, mientras que los más modernos le atribuyen una función protectora más próxima al sobradillo. Por esta ambigüedad y por su propia composición parece que es la voz más próxima al elemento que queremos describir: la moldura, cornisa o regata que nos ayudará a evitar las excesivas concentraciones de agua en las zonas de estanquidad más delicada, los huecos, y que desviará la primera agua de lluvia cargada de suciedad hacia las zonas escogidas. Recuérdese también su uso como: «prenda de vestir que se pone sobre los otros vestidos, por ejemplo para trabajar o, antiguamente, para viajar, para preservarlos de la suciedad. Cualquier cosa con que se cubre otra para preservarla del polvo» (MM). El mismo tono tienen dos voces que cita Paniagua: cobertor, «cornisa volada sobre puertas y ventanas»; y umbela, como sinónimo de guardapolvo o como «doselete plano».


7 Las implicaciones estilísticas del elemento han sido tan importantes que su diseño ha sido objeto de las más diversas intenciones expresivas.
Es significativo el caso del guardapolvo inverso de Guimard, una ranura bellamente dibujada en la piedra que debe conducir parte de la escorrentía de la fachada hacia los macizos que enmarcan la ventana.
Probablemente con la misma función protectora que el guardapolvo pero más cerca de ser un simple subrayado del perímetro del hueco, están una serie de elementos que enmarcan la ventana con alguna forma de resalte, el más sencillo parece ser la mazonera, descrita como regrueso en relieve que enmarca la obra (MM), aunque, en general, parece que la obra de mazonería es cualquier obra de albañilería (masonería) abultada o en relieve (P).


8 Muy similar es el fajón, pero Paniagua exige –curiosamente- que sea realizado con yeso: «recuadro ancho de yeso que enmarca los vanos de puertas y ventanas». La incorporación del término moldura a algunas de estas definiciones atestigua el incremento de la función decorativa; así sucede, por ejemplo, con acodo, descrita como «moldura resaltada que forma el cerco de un vano» (T). También la chambrana se muestra ya totalmente decantada hacia esa función: «labor decorativa dispuesta alrededor de puertas y ventanas», un vocablo que, según Paniagua, proviene del francés chambrande. Es curioso que esa palabra también defina «cada uno de los travesaños que unen las patas de una mesa o silla para darle mayor consistencia» (P), y en ese sentido parece introducir la idea de marco rígido. Por fin, la chambilla añade otra función muy precisa, la del «cerco de piedra que recibe y afirma una reja de hierro» (T).
9 La arquitectura árabe organizó alrededor de la parte superior del hueco una serie de elementos decorativos en los que es difícil deslindar los aspectos funcionales de los que tienen como objetivo la ordenación de la fachada o de los que son simplemente decorativos. Se trata de insertar el arco de herradura en un gran rectángulo denominado alfiz, «moldura o resalte en recuadro que enmarca el vano en arco» (P). Esta voz encuentra su origen, según el autor, en al-ifriz (en árabe ornamento arquitectónico), y se considera sinónima de arrabá, que significa el cuadro.
Cada triángulo comprendido entre el alfiz y el arco es la albanega, que puede estar adornada con toda clase de elementos decorativos; este término puede corresponder a las voces de origen latino enjuta o sobaco (P), descritas como «cada uno de los espacios triangulares resultante de inscribir un círculo o un arco en un cuadrado» (MM).
10 La protección frente al polvo y la suciedad que arrastran las primeras gotas de lluvia es un aspecto olvidado en el diseño de la fachada moderna. La tradición ha concebido múltiples elementos para esa protección y ha dado diversos nombres a esa mezcla de agua y suciedad, entre ellos bahorrina, «suciedad revuelta con agua. Cualquier clase de suciedad» (MM).


11 En la arquitectura histórica aparecen muchos otros elementos cuya misión es reducir la cantidad de agua que corre por las fachadas, además de los que ya hemos visto que se dedican específicamente a proteger los huecos. Su nombre genérico, y el que mejor describe su función, es vierteaguas. Lo hemos citado también entre los elementos de carpintería, pero su definición general lo asocia preferentemente a la albañilería y a la fachada: «elemento destinado a desviar el agua de lluvia impidiendo que ésta se deslice por el paramento de un muro. Moldura en saledizo sobre puerta o ventana destinada a desviar el curso del agua que se desliza sobre el paramento» (P). O también despidiente: «cualquier elemento que protege y evita que el agua de lluvia se deslice sobre otro o se introduzca en alguna parte» (P). Definición muy similar a la de bateaguas, aunque, para el mismo diccionario, ésta introduce una visión más general, útil para señalar elementos menos asociados al clásico resalte lineal de la fachada: «en general lo que sirve para cambiar el curso del agua de lluvia, impidiendo que ésta penetre o se deslice perjudicialmente».
12 Otros dos elementos de gran importancia en la composición de la fachada inciden significativamente en la conducción de las aguas: la imposta y la cornisa. La imposta, que originalmente era el apoyo de un arco o una bóveda (impostar, poner sobre), se transforma en una «cornisa o hilada en voladizo que, en la fachada de un edificio, acusa el plano horizontal de intersección entre dos plantas superpuestas» (P).
Se trata, pues, de un elemento simplemente ordenador del alzado, pero no puede evitar, con su resalte, convertirse en un despidiente, y para conseguir ese resultado se dibuja su perfil y se ejecuta su labra en la cantería tradicional.
13 La cornisa, aunque será analizada con todo detalle al tratar el sofito, tiene un papel tan importante en la proyección de las aguas más allá de la fachada que no puede dejar de ser citada aquí. Según Paniagua, la cornisa es «la moldura, o conjunto de ellas, que remata un elemento o un cuerpo. Su función originaria es la de evitar que el agua de lluvia incida directamente sobre el muro o se deslice por el mismo». Muchos diccionarios incluyen específicamente la expresión vertiente de la cornisa por la importancia que tiene la evacuación del agua sobre la propia cornisa o imposta. En algunos edificios esos planos horizontales entretienen el agua y producen humedades y filtraciones en el paramento superior.
14 La arquitectura moderna ha barrido de la fachada todos los elementos compositivos de sabor historicista sin mayor consideración hacia su función, en este caso al servicio de la estanquidad de los huecos. Sólo la posmodernidad ofreció algunas recuperaciones, quizá demasiado literales, del capirote neoclásico; pero lo cierto es que el problema de la conducción de las aguas y del control del ensuciamiento de la fachada sigue ahí.

5.9.13

FAYANCA. MECANISMOS DE ESTANQUEIDAD

Fayanca. Los mecanismos de la estanquidad
1 Fallanca. Fayanca
2 Despideaguas. Vierteaguas. Escupidor
3 Hoja. Batiente
4 Bastidor. Larguero. Larguero de manos. Larguero de fijas. Puerca. Montante
5 Peinazo. Panel. Cuarterón. Entrepaño
7 Galce. Gárgol. Gargallo. Renvalso. Encaje a gancho
8 Burlete. Juntas. Guarnición.
9 Baquetón. Baqueta. Baquetilla. Junquillo
10 Felpas
11 Vidrio común simple. Vidrio común doble. Luna. Vidrio flotado. Vidrio templado. Vidrio laminado. Vidrio inastillable. Vidrio con cámara
12 Silicona estructural. VEC
13 Practicable a la francesa. Practicable a la inglesa. Pivotante. Basculante. Guillotina. Deslizante. Corredera. Oscilobatiente

1 La fallanca es «el vierteaguas de una puerta o ventana» (RAE). Es un perfil clavado a la parte exterior del peinazo inferior de la hoja que proyecta el agua hacia el exterior y protege al marco con un pequeño goterón.
En algunos otros diccionarios, aparece también como fayanca, aunque, curiosamente, la Real Academia reserva esta segunda grafía para otro significado: «postura del cuerpo en la cual hay poca firmeza para mantenerse». La verdad es que la fayanca, como moldura añadida al cuerpo de la carpintería y sometida a la más directa incidencia de la lluvia y el sol, suele tener “poca firmeza para mantenerse” ya que está formada por un listón moldurado que se deforma con las lluvias y los cambios de temperatura, y se despega de su soporte. Las mejores soluciones tradicionales exigen un engargolado en cola de milano o similar para asegurar la fijación de la fayanca al resto de la hoja.
2 La fayanca es siempre una moldura en las carpinterías de madera, pero existen voces casi sinónimas que pueden aplicarse a otros materiales y situaciones, como el despideaguas descrito por María Moliner con todo detalle: «listón en declive, plancha de zinc o cualquier cosa semejante que monta sobre la pieza inferior del marco, que se pone en las puertas y ventanas para apartar el agua de lluvia y que no penetre por las junturas ». Todos ellos caben dentro del genérico vierteaguas, y en todos ellos la intención es la de evacuar hacia el exterior el agua que corre por los planos verticales para de este modo proteger las juntas horizontales de la carpintería. También el término ‘escupidor, sinónimo vulgar y muy extendido en Cataluña, expresa claramente la función de estos elementos.
3 Todas esas voces son una primera medida de protección frente al problema más grave que plantea una carpintería practicable: la estanquidad de las juntas entre los elementos practicables y los fijos. Pero antes de aproximarnos a ese problema vamos a repasar la terminología de esos componentes móviles de la hoja: «en las puertas, ventanas, biombos, etc., cada una de las partes que se abren y cierran» (T). El batiente es lo mismo, pero su definición acepta además otro significado en la carpintería, que según el Torroja hace más confuso su uso: «parte del cerco de las puertas y ventanas que detiene la hoja cuando se cierra».
4 Si analizamos las piezas que forman ese batiente, la confusión continúa. El bastidor es un armazón que sirve para bastir, construir, todo un conjunto carpintero. Por lo tanto se puede usar tanto para el marco, fijo a la obra, como para el perímetro de la hoja donde se dispondrán los elementos de relleno, vidriados o no. Ese bastidor de la hoja está formado por unos elementos verticales y otros horizontales. Los primeros son los largueros, «palos o barrotes que se ponen a lo largo de una obra de carpintería» (T). La tradición, no obstante, distingue entre el larguero de manos, el que se coge para abrir la hoja, y el larguero de fijas, aquél al que se atornillan las bisagras o fijas. En algunos diccionarios se llama puerca al «larguero en el que estriba el quicio de una puerta»(P). Será porque en él se fijan las puercas, los anillos metálicos en los que se introduce un pivote o tejuelo para hacer de punto de giro de la hoja.
Modernamente se tiende a llamar ‘montantes a los largueros. Así lo recomienda Aenor, por ejemplo, pero la RAE considera que el montante sólo es la «ventana sobre la puerta de una habitación». No parece haber razón ninguna para sustituir al tradicional larguero.
5 Los listones horizontales se suelen llamar travesaños aunque la RAE dice que eso es «cualquier pieza de madera o de hierro que atraviesa de una parte a otra». En realidad deberíamos llamarlos peinazos: «pieza que cruza de un larguero a otro de las puertas y ventanas, formando las divisiones de ellas o cuarterones» (MM). Y, en particular, es el peinazo de cerradura el que soporta los mecanismos correspondientes. Las hojas se completaban cerrando los espacios entre el bastidor y los peinazos con unos paneles o cuarterones de madera. La voz entrepaño tiene el mismo significado, pero también se puede usar para el lienzo de pared entre dos pilastras.
6 Ahora ya podemos volver al problema que nos preocupaba al principio de este capítulo: la difícil estanquidad de las juntas entre los elementos móviles y los fijos. Como hemos visto, los vierteaguas y fayancas pueden alejar gran parte del agua de las juntas horizontales, pero siempre podrá llegar a ellas la que se mueva horizontalmente impulsada por el viento. También debemos recordar que para que la hoja sea practicable, esa protección no puede cubrir toda la junta puesto que cerca del larguero de fijas la fayanca debe interrumpirse. Por último, deberemos tener en cuenta que las juntas verticales también exigen algún tipo de protección. La solución tradicional para todos estos problemas es la cámara drenada. Se trata de un mecanismo muy eficaz e inteligente que inutiliza los motores que mueven el agua hacia el interior del edificio: la presión del viento y la capilaridad. Consiste en conformar una cámara a lo largo de toda la junta entre perfiles móviles, fijos. Para ello se asegura que ambos se tocan en sus planos exterior e interior, pero se separan por el centro formando la cámara deseada. El agua, impulsada por el viento y arrastrada por la capilaridad, puede atravesar la primera línea de contacto entre perfiles, pero, al llegar al amplio espacio de la cámara, la presión se hace insignificante y además la capilaridad desaparece. La gota de agua queda a merced de la gravedad y puede ser conducida nuevamente hacia el exterior si se disponen las pendientes y los drenajes convenientes.
7 Esa junta, de laberíntico dibujo, ha recibido diversos nombres y, aunque en ninguna de las definiciones se hace mención explícita a la cámara drenada, ésta existe en casi todos los casos y es, de hecho, su principal atributo. Galce es la voz más genérica: «ranura que se hace en un cerco o marco para que sirva de tope a una puerta» (SH). En general, se considera sinónima de gárgol o gargallo, pero es preferible reservar esas voces para la ranura que se hace en un perfil con el objeto de que encaje dentro de él el canto afilado de una tabla. Una de las más adecuadas es renvalso, «el rebajo que se hace en el canto de las hojas de las puertas y ventanas para que encajen en el marco y unas con otras» (T), una definición que alude explícitamente a la formación de una cavidad a lo largo de todo el perfil de la junta. El vocablo más concreto, pero muy poco utilizado, es el encaje a gancho, en el que el dibujo de la sección se hace más complejo: «forma de encaje usada entre los bordes coincidentes de una puerta y su bastidor, cuando se requiere que sta se cierre sin dejar penetrar el aire ni el polvo; los bordes coincidentes de la puerta tienen un saliente que encaja en la correspondiente depresión del bastidor» (T).
8 Las carpinterías contemporáneas en aluminio o PVC carecen de la elasticidad de la madera o de la presión de la españoleta para asegurar amplios contactos entre los perfiles fijos y los móviles, y por esa razón son cada vez más usados unos complementos, unas tiras de diversos materiales que aseguran el contacto entre perfiles y amplían las zonas comprimidas. Su nombre genérico es burlete, «tira, generalmente de materias flexibles, que se pone en los intersticios de las puertas o ventanas para que no pase el aire» (T). La confianza en las cámaras drenadas está llevando a la eliminación de la fayanca. Todas las modernas carpinterías de aluminio y muchas de las de madera enrasan hoja y marco, y dejan sin protección el clareo entre ellas. En el interior una junta más elástica limita el fondo de la cámara de drenaje. Junta es una voz de significado ambiguo pues alude tanto al espacio que separa dos piezas como al material que lo llena. Dejaremos la primera acepción, juntas de deformación, y nos quedamos aquí con las tiras de material deformable que establecen el contacto entre los perfiles de la hoja y el marco. Sería más adecuado y mucho más preciso, llamar guarniciones a estos cordones deformables. Guarnecer es «poner en un sitio accesorios y complementos » (MM), aunque también significa «revocar o revestir las paredes ». En particular guarnición alude a tiras de adornos, y su uso en los jaeces de las caballerías la acerca al mundo de la talabartería y los cueros, cueros con los que se han hecho las mejores guarniciones.
9 Otro punto que merece especial cuidado para asegurar la estanquidad es la junta entre los vidrios y los perfiles que los soportan. En la construcción tradicional el tamaño de los vidrios obligaba a dividir la hoja en varios rectágulos: los perfiles que forman esta retícula se llaman baquetones, y el fino perfil que sujeta el vidrio contra ellos es la baqueta, baquetilla o junquillo. Pero en la actualidad el tamaño del vidrio ya no impone ninguna limitación a la hoja y los sistemas de sellado han cambiado por completo.
10 Las guarniciones también tienen su papel para cerrar las juntas de las fachadas modernas. Son perfiles de materiales plásticos diversos que, una vez comprimidos, aseguran la estanquidad. A lo largo del tiempo, después de ser utilizados en la industria del automóvil, pasaron a los vidrios fijos e incluso a los paneles ligeros. La confianza en estos sistemas de cierre estanco de unas juntas absolutamente desprotegidas desde el punto de vista geométrico está haciendo crisis en la tecnología contemporánea. En la actualidad hasta los muros cortina con mayores prestaciones recurren a protecciones y cámaras drenadas para asegurar la estanquidad de sus fachadas.
En las carpinterías correderas la estanquidad es muy difícil porque la hoja no puede comprimirse contra la guía y la estanquidad se encomienda a unas tiras textiles llamadas felpas.
11 Las vidrieras tradicionales se organizaban con el vidrio común simple, o si era necesario, con el doble: los vidrios planos más sencillos (el doble no se debe confundir con los vidrios con cámara, pues es éste simplemente un vidrio de 3 a 3,5 mm de espesor que puede llegar a formar hojas de hasta 250 x 170 cm). El vidrio que hoy en día más se utiliza es la luna o vidrio flotado, unos vidrios de gran perfección cuyo nombre proviene de un anterior método de fabricación mediante un sistema de flotación sobre un estanque de mercurio. Sus dimensiones pueden llegar a algo más de 6 m por 2,6 m. Su fragilidad, no obstante, ha dado lugar a que produzcan los vidrios templados, un vidrio endurecido térmicamente, que cuando se rompe salta en mil pequeños fragmentos que apenas comportan peligro. Otra técnica común es la de los vidrios laminados o inastillables: «tipo de vidrio [...] formado por dos piezas de vidrio plano con un material plástico intermedio» (T). Por último, para aumentar la protección térmica, es decir, para reducir las pérdidas a través de las finas láminas de vidrio, se ha difundido el vidrio con cámara, un vidrio formado por dos láminas que encierran una cámara de aire seco perfectamente aislado del exterior gracias a un cordón perimetral de sellado.
12 Los sistemas de fijación de los vidrios al soporte, con o sin marco, son uno de los paradigmas de la arquitectura contemporánea. La exigencia por parte de los arquitectos de soluciones cada vez más tersas, limpias, transparentes y livianas está llevando a una verdadera revolución en la fijación del vidrio. Un camino lo abrieron hace unos quince años un nuevo tipo de siliconas, con gran capacidad para soportar las tracciones y con amplia durabilidad. Por influencia norteamericana hemos dado en llamarla silicona estructural. Aún sin ser perfecto es preferible el término francés, VEC, acrónimo de Vidrio Exterior Pegado.
13 Para acabar daremos un rápido vistazo a los nombres que reciben las ventanas según la manera en que se abren sus hojas. La más sencilla, la que gira sobre un eje vertical, la ventana practicable, que se dice que es a la francesa si se abre hacia dentro y a la inglesa si se abre hacia fuera. Si el eje de giro es vertical pero no está en el larguero de fijas, la ventana se llama pivotante. Las que se abren sobre un eje horizontal, cualquiera que sea éste, se denominan basculantes. La ventana de guillotina es la que tiene «dos marcos, uno superior y otro inferior, de los cuales, por lo menos uno, sube y baja a lo largo de las oportunas ranuras del cerco» (T). Las deslizantes o correderas tienen «una o varias hojas contiguas que se abren por traslación horizontal sobre su propio plano» (T). Por último, tenemos que citar algunas formas combinadas de practicabilidad, como la ventana oscilobatiente, con un complejo mecanismo oculto que permite su funcionamiento alternativo como practicable o como basculante.

Ignacio Paricio

25.6.13

ESPAÑOLETA

Españoleta. Los herrajes de la carpintería
2 Quicio. Quicialera
3 Pivote. Gorrón. Tejuelo. Rangua
4 Tranca. Talanquera. Trenca. Alamud. Aldaba
5 Aldabilla. Tarabilla. Colanilla. Trinquete
6 Picaporte. Nariz. Grapón
7 Golpete
8 Retenida. Compás
9 Bisagra. Fija. Charnela. Charneta. Alguaza. Pasador. Espiga. Pala
10 Gozne. Gonce. Pernio. Puerca
11 Golfo. Chaveta. Gobio
12 Tirador. Manija. Manilla. Manigueta
13 Pestillo. Cajetín. Cerradero. Resbalón. Golpe y llave
14 Fiador
15 Españoleta
16 Falleba. Cambrón. Armella. Cachaba
17 Cremona. Uñero

1 Las carpinterías que cierran los huecos plantearon un problema difícil a la construcción: introducir en la obra, sólida y trabada, unos elementos de otro orden que debían ser fácilmente practicables, tenían que poder cerrarse para proteger y abrirse para comunicar, y todo ello con la mayor facilidad para poder ser mil veces repetido. Al parecer el problema debió ser muy serio y el mecanismo parece que fracasó con frecuencia, o por lo menos así parece sugerirlo la cantidad de expresiones de uso común que se asocian al fallo de la practicabilidad de las carpinterías. Veremos algunas de esas expresiones más adelante.
2 Los primeros sistemas para conseguir que un tablero girara sobre uno de sus lados abriendo y cerrando la puerta o ventana consistieron en prolongar el larguero correspondiente e introducirlo por arriba y por abajo en sendos agujeros practicados en el umbral y en el dintel. Esos agujeros se llamaban quicios o quicialeras. No nos sorprenderá, pues, comprobar las terribles consecuencias de “sacar de quicio” algo a alguien. También es evidente que una persona “desquiciada” no puede funcionar correctamente. El quicial pasó a ser el larguero que sobresale del tablero, y por el momento dejaremos aquí su evolución, que trataremos con los elementos móviles de la carpintería, dentro del capítulo titulado Fayanca.
3 En este apartado estudiaremos únicamente los herrajes de esas carpinterías. Empezaremos por el herraje que sustituyó al quicial: una escuadra metálica que se clava al larguero y al montante inferior de una puerta y que, cerca de su ángulo, lleva una pequeño cono, el pivote o gorrón, que entra en un agujero del suelo, el tejuelo o rangua. El Torroja explica perfectamente el mecanismo cuando define el pivote: «herraje para el giro de puertas muy pesadas que, en forma de escuadra o estribo, abraza el montante quizial y con un pezón o saliente que, introducido en la rangua empotrada en el umbral, permite dicho giro».
4 Ya tenemos un tablero capaz de girar sobre uno de sus lados; ahora se trata de conseguir que se quede cerrado aunque se ejerzan violentos esfuerzos desde fuera. Para ello la primera solución es la tranca, *talanquera o *trenca: la estaca que asegura puertas y ventanas pasando por detrás de la hoja y empotrándose en las jambas. A veces es una barra de hierro, y en ese caso se le llamaba alamud o aldaba, aunque esta última voz se ha hecho más común para nombrar el llamador.


5 Las versiones más sencillas de esos pasadores de cierre son la aldabilla, «una pequeña pieza de madera o de hierro que se sujeta por el centro, de manera que pueda girar, en los marcos de las puertas o ventanas, para sujetarlas cerradas» (MM). Es lo mismo que la tarabilla, un zoquetillo de madera que gira sobre un clavo central, mientras que en la colanilla el movimiento es de desplazamiento: «pasadorcillo con que se cierran y aseguran puertas y ventanas» (RAE). En Andalucía se la llama también trinquete, según el diccionario.
6 Todos estos elementos permitían manipular la puerta desde dentro, pero para que pudiese ser accionada también desde fuera tuvieron que llegar los picaportes: «dispositivo que sirve para mantener cerrada una puerta; consiste en una pieza alargada de hierro sujeta a la puerta por uno de sus extremos por una varilla que pasa al otro lado de la puerta y en la que se inserta la manivela con que se acciona desde ese lado; la pieza principal se mantiene en la posición debida mediante una grapa clavada en la puerta, dentro de la cual esa pieza puede moverse para encajar en otra pieza en forma de nariz clavada en el marco, o salir de ella». Esta definición tan completa de María Moliner incluye otras acepciones de uso frecuente: una, reduccionista, pues llama picaporte sólo al herraje con que se acciona el mecanismo desde el otro lado de la puerta; la segunda está justificada por la composición de la voz, pica-porte, y la confunde con la aldaba: «pieza de metal que se coloca en las puertas para golpear con ella para llamar». El diccionario citado define también la nariz, «hierro en forma de nariz donde encaja el picaporte o el pestillo», y el *grapón, «pieza de hierro de forma de grapa dentro de la cual se mueve el picaporte con que se cierran las puertas».
7 Otro problema es sujetar la ventana o puerta abierta para evitar que golpee. La tradición nos ofrece una gran variedad de herrajes, pero el diccionario de la RAE sólo incluye una voz: el golpete, «palanca de metal con un diente, fija en la pared, que sirve para mantener abierta una hoja de puerta o ventana». Sin embargo, los mecanismos son muy variados. Unos se fijan a la fachada, y entre ellos los hay muy cortos, que únicamente sujetan la hoja cuando está completamente abierta, mientras que otros son unos ganchos de cierta longitud que permiten posiciones intermedias. Otros mecanismos, más raros en España, se fijan a la hoja y tienen unas perforaciones o dientes para sujetarse momentáneamente al marco de modo que hacen posibles diversas aberturas.
8 Los países anglosajones tienen una rica variedad de diseños de elementos de este tipo, y todos ellos se pueden englobar también dentro del nombre genérico de retenidas, probablemente más apropiado que el académico golpete, que puede confundirse con los actuales mecanismos de golpe que veremos más adelante. En nuestros días la voz más utilizada es compás, un mecanismo formado por dos varillas articuladas que se abre con la hoja y limita el ángulo de giro de ésta. La ventaja del compás es que se aloja en el juego de marco y hoja, y queda oculto cuando la ventana está cerrada.


9 Pero volvamos al giro de la hoja; hoy ya no existe el quicial y apenas se conoce la rangua en la construcción rural castellana. Los mecanismos de giro son ahora siempre las bisagras, fijas, charnelas, charnetas o, incluso, alguazas (frecuente en Aragón). Respecto al término bisagra María Moliner ofrece la siguiente definición: «pieza formada por dos planchas metálicas articuladas entre sí con que se sujetan dos piezas o dos partes de una cosa, que, a su vez, deben ir articuladas; por ejemplo, una puerta o ventana y su marco». Generalmente la articulación se logra alrededor de una varilla central que se llama pasador o espiga, y cada uno de los dos elementos articulados son las palas.


10 Gozne se usa como sinónimo de bisagra pero creo que sería más exacto reservar esta voz para la «combinación de dos anillos enlazados, o de una espiga y un tejuelo, para formar el eje de giro de una puerta» (T). En efecto, gozne viene de gonce, ya en desuso, y ésta del latín gomphus, de una voz griega para clavo. Disponiendo de tantas voces para bisagra, debería reservarse el gozne para la articulación que tiene un clavo, vástago o espiga que se introduce en una anilla o tejuelo fijo en la hoja. Cuando el gozne es muy grande se llama también pernio, pero el Torroja precisa que en este último la espiga es solidaria con la pala que está fija a la parte inmóvil, generalmente el quicial. En ese caso a la otra pala se la llama puerca, vaya usted a saber por qué. Quizás porque se introduce en su interior el vástago de la espiga. ¡Señor, qué lenguaje!


11 Cuando las puertas o ventanas son anchas y pesadas, las palas que fijan la puerta se alargan para anclarlas con mayor eficacia: son los golfos, que se convierten en verdaderas armaduras de la hoja. Aunque sólo sea para evidenciar las dificultades históricas de estos mecanismos, podemos recordar dos piececillas más que han pasado al lenguaje común. Una es de todos conocida, la chaveta, del italiano chiavetta, diminutivo de chiave (llave); para asegurarse de que un pasador, como la espiga de la bisagra, nunca se saldrá de su sitio se puede usar esta chaveta: «clavo o pasador que se pasa por un orificio hecho en el extremo de un eje, una varilla, una espiga, un pernio, etc., para que no se salgan las cosas metidas en ellos o para que no se salgan ellos del sitio en que se meten» (T). Este clavo o pasador generalmente está dividido en dos ramas, que se separan después de colocado: ahora entendemos las consecuencias de “perder la chaveta”. Nos hemos quedado sin un elemento clave de la carpintería, algo tan sencillo como una pequeña horquilla y que, sin embargo, es el depositario de la seguridad de la bisagra y de la hoja. Unas cuantas bisagras sin chaveta y ya tenemos la frase popular. Mucho menos conocido es el gobio: «la aguja o alfiler de hierro forjado que se clava a un montante de puerta y alrededor del cual gira la hoja de un gozne» (T). La voz gobio se asocia a una raíz italiana que significa jorobado. Es de suponer que nombra objetos doblados sobre sí mismos hasta tomar forma de gancho. La otra acepción de gobio señala una grapa que une sillares (véase Llave).
12 En el larguero opuesto al de fijas deberá existir algún mecanismo de cierre de esas hojas que giran sobre las bisagras. Primero será necesario poder abrir la hoja; para ello se dispone del tirador, «herraje que permite tirar de una puerta, cajón, etc.». Si tiene una forma adecuada para ser asido con toda la mano, se llama manija, manilla o manigueta. Algunos diccionarios incluyen manecilla o manillar, pero no son adecuados ni los reconoce la RAE.
13 La manija o tirador suele accionar un pestillo, «cerrojo pequeño o pasador plano con que se asegura cerrada una puerta, una tapa, etc.» (MM). Los pestillos quedan fijados contra el marco porque se alojan dentro de un cajetín o cerradero, que puede ser de chapa o simplemente una hendidura abierta en el propio marco. El pestillo puede tener el extremo saliente en forma de plano inclinado y estar apoyado por un muelle, de manera que al golpear la puerta contra el marco el pestillo se desplace primero hacia dentro y luego hacia fuera quedando sujeto contra el marco. Esto es un mecanismo de resbalón, que se utiliza sobre todo en las puertas. Los modernos mecanismos de golpe y llave son una forma de evolución de este resbalón y permiten además asegurar el cierre contra intrusos.
14 Llega un momento en la evolución de las carpinterías de ventana que además de poder cerrar y abrir con facilidad girando sobre esa eficaz bisagra o pernio, el confort exige un cierre hermético: es, pues, necesario poder comprimir la hoja contra el marco para impedir la entrada de la lluvia o el viento. Para conseguir esa presión sólo parece haber dos recursos: el más simple es el plano inclinado, esto es, algún tipo de pasador o fiador entra en un agujero de la jamba o en una horquilla fija al marco. Si el plano de contacto es inclinado, de manera que cuanto más se pasa el fiador más se comprime la hoja contra el marco, el problema parece resuelto. A pesar de su aparente simplicidad, es un mecanismo de difícil control y que puede bloquearse. Quizás por eso no inspiró los mejores cierres de la cerrajería clásica.


15 El mecanismo más brillante es el que utiliza el segundo de los recursos: la torsión; y tiene un nombre curioso: españoleta. Se trata de una varilla fija a la hoja capaz de girar sobre sí misma dentro de esas fijaciones perforadas. En sus extremos tiene unos ganchos que se pueden introducir en unas horquillas clavadas al marco. La forma de esos ganchos es tal que resulta fácil introducirlos dentro de la horquilla, pero al ir girando el redondo vertical la zona del gancho que toca a la horquilla se acerca cada vez más a ella comprimiendo fuerte y progresivamente la hoja contra el marco. Al final del giro todo el redondo vertical ha quedado torsionado y la elasticidad del material hace que la presión entre hoja y marco sea duradera y eficaz. Corominas considera que es una voz catalana que pasó a Italia y desde allí consiguió difusión universal.
16 Lo cierto es que muchos diccionarios de otras lenguas reconocen esta voz, espagnolette, mientras la Real Academia sólo recoge como españoleta un antiguo baile. Según su diccionario este maravilloso invento se llama también falleba, voz hoy muy poco utilizada y que ha tomado un sentido más general, que engloba los diversos sistemas de cerramiento y fijación de la hoja. En el lenguaje del oficio cada parte de la españoleta tiene un nombre: las fijaciones del redondo a la hoja son los cambrones, y los ganchos extremos
que se introducen en las horquillas o armellas fijas al marco son las cachabas.


17 A pesar de su claridad funcional la españoleta está en desuso y ha sido sustituida por un mecanismo conocido como cremona: «cerradura formada por dos pletinas dentadas que se mueven en sentido opuesto al hacer girar entre ellas una rueda con dientes, con la que ambas pletinas entran en sus respectivas armellas» (T). Su ventaja es que se puede empotrar en los largueros de la hoja y reducir los elementos vistos a la manija o el uñero que manipula las varillas.


18 En la actualidad la técnica es mucho más compleja y permite sofisticadas manipulaciones; sin embargo el lenguaje es cada vez más escaso. Existen herrajes sofisticados para las ventanas oscilobatientes, o para elevar las hojas correderas a fin de conseguir una mayor estanquidad, ya que caen con todo su peso presionando las guarniciones, pero apenas tenemos nombres ni para los nuevos ni para los viejos mecanismos.

Ignacio Paricio

5.6.13

DESVAN

Desván. Del sobrado al ático

1 Bajocubierta. Sobrado
2 Desván
3 Buhardilla. Buharda. Boarda. Boardilla
4 Alpende. Barbacoa
5 Guardilla. Algorfa. Naya. Camaranchón. Almacería
6 Fayado. Doblado. Zaquizamí. Falsa
7 Banco. Sotabanco. Tabanco
8 Golfa. Chiribitil. Camaranchel
9 Mansarda
11 Ático. Sobreático. Penthouse

1 Este apartado tratará de las voces con las que se conoce lo que genéricamente llamamos el espacio *bajocubierta. Espacios mágicos, de luz polvorienta y formas geométricas extrañas, llenos de trastos; o espacios limpios, de amplias terrazas y bellas vistas. De la larga lista de voces que hacen referencia al espacio bajo cubierta, sobrado, aunque no está entre las más utilizadas, es una de las más atractivas, porque hace referencia a un aspecto que encuentro especialmente significativo: la de ser un espacio de más, un ámbito que en realidad sobra, que no sería necesario en un estricto planteamiento funcional del edificio. Según María Moliner su etimología procede de superadditum, sobreañadido, sobredado. En la apretada ocupación de los espacios construidos de la arquitectura de hoy, esta cualidad de sobrar me parece la más valiosa.
2 El diccionario de la RAE recoge el sobrado en su quinta acepción como sinónimo de desván: «parte más alta de la casa, inmediatamente debajo del tejado, que suele destinarse a guardar objetos inútiles o en desuso ». La etimología de esta voz más común, desván, parece estar en los vocablos vano, vacío. María Moliner lo define como «lugar vacío entre el tejado y el último piso». Así que esta voz también parece insistir en la inutilidad aparente de ese espacio, aunque añade la idea almacenaje. Un almacén poco visitado, ya que todo lo que se mete en el desván se "desvanece" en nuestra memoria.
3 De la importancia de ese espacio en la construcción tradicional deja constancia la interminable lista de voces con las que es descrito en nuestro idioma. Cada una de ellas va añadiendo un matiz a los conceptos, ya destacados, de sobradía y vaciedad. Una idea que suele ser consustancial a estos espacios es la de ventilación, porque supone la evacuación de las humedades que pueda traspuar la teja o de los excesos de calor que se acumulen en verano. El origen de la común buhardilla es, según Corominas, el respiradero para el humo que se abría en los tejados. La buharda era la ventana abierta en el tejado. También María Moliner identifica los téminos buhar y bufar. La voz tiene versiones variadas como boarda y boardilla.
4 Ese mismo sentido de espacio ventilado, no completamente cerrado, justifica la aplicación al sobrado de voces como alpende, que también significa porche o cubierta, o como barbacoa, voz que en América alude al desván pero también a una especie de pérgola de tablones.
5 Ya hemos hablado de la mención al almacenaje que acompaña a las voces de sobrado y desván en el diccionario. Este componente justificaría la transposición a guardilla, «habitación contigua al tejado», de la voz más común buhardilla. En este mismo sentido se utilizan otros términos próximos, como algorfa (descrito por la RAE como el «sobrado o cámara alta para recoger y conservar granos»), *naya (que María Moliner describe como «almacén en la parte alta de un edificio» y también como «sitio alto en la plaza de toros»), camaranchón (que en el mismo diccionario aparece recogido como «desván, debajo del tejado, donde se suelen guardar cosas desechadas») y almacería (voz antigua con la que, según la RAE, se designaba el granero en el desván).


6 El desván suele surgir del aprovechamiento de un espacio generado por un sistema constructivo: la cubierta inclinada y semiocupada por unos elementos estructurales, las armaduras de cuchillo. Eso le da un carácter marginal, un marchamo de subordinación al carácter del propio tejado, y quizás por ello en Galicia se le llama fayado, de fayar, techar. En realidad es un espacio que aparece cuando se forma un plano horizontal que une los tirantes de los cuchillos con los extremos inferiores de los pares, lo que podría explicar el nombre de doblado, que se usa en Andalucía. En algunos casos la solución constructiva consiste en colgar el techo de una armadura de cubierta; el suelo es entonces muy poco firme, un entablonado realizado tal vez simplemente con chillas. A ello alude la voz zaquizamí, que acoge dos acepciones, la de «vivienda o habitación muy pequeña» y la que se refiere al «enmaderado del techo», definición esta última muy semejante a la que ofrece María Moliner: «especie de techo de madera o artesonado» (que procede de saquef sami, techo de cielo). Esa especie de “zulo”, de espaciodisimulado bajo los planos de la cubierta, puede merecer asimismo el nombre de falsa (derivado de falso, según la RAE), que es el habitual desde Aragón a Murcia.
7 Otras voces derivan de la imagen del desván en la fachada y sugieren formas de bajocubierta más habitables. El banco era la hilada horizontal levantada sobre la cornisa con formas volteadas o adinteladas, y que dio lugar a denominar sotabanco al «piso habitable colocado por encima de la cornisa general de la casa» (RAE); un piso, pues, que se asomaba al exterior a través de los huecos abiertos bajo el banco. Este sotabanco ha dado lugar a varias voces, como el tabanco, popular en Centroamérica, o la reducción simplemente a banco para expresar ahora ese espacio habitable.


8 La transposición urbana de este espacio tan útil en la construcción rural también puede leerse en el diccionario. En Cataluña, por ejemplo, la presión sobre la edificación para conseguir un mayor aprovechamiento del escaso espacio de la ciudad no hizo desaparecer pero redujo drásticamente la altura y la solidez constructiva de las originales *golfas. Esta voz, común en todo el Mediterráneo, describe, según Corominas, un pisito generalmente deshabitado (y destinado a guardar objetos y provisiones) inmediato al techo de una casa. En la ciudad, las golfas se redujeron al sostre mort (techo muerto). Un espacio vacío bajo la azotea catalana que a lo largo de la segunda mitad del XIX pasó, de ser habitable, a apenas disponer de medio metro de altura; de estar entre dos techos independientes, a ver reducido su límite inferior a un cañizo colgado de la estructura de cubierta. Algo parecido a los castellanos chiribitil, «desván, rincón o escondrijo bajo y estrecho» (RAE), y *camaranchel (MM).
9 Para hacer más habitable este espacio, el arquitecto francés J.L. Mansart diseñó la estructura de cubierta de sección poligonal que ha dado lugar en nuestro idioma a la voz *mansarda. Esta voz nos introduce en el bajocubierta moderno que exige unas mejores condiciones de habitabilidad para rentabilizar los costes de suelo urbano.


10 La larga lista de voces nos confirma por una parte la amplia tradición de este tipo de espacio en toda la geografía nacional. Por otra, nos recuerda los conceptos que se le han asociado tradicionalmente: espacio que sobra, que está ventilado, de construcción ligera, inmediata al tejado, por encima de la albañilería. Recobrar hoy un espacio con esas características es realmente difícil debido a la presión para el aprovechamiento del volumen edificable en las construcciones urbanas. Pero debemos recordar que los materiales que utilizamos en las cubiertas inclinadas, las tejas cerámicas, alicantinas o árabes, no suelen ser absolutamente impermeables y que, por lo tanto, un espacio ventilado bajocubierta constituye la única garantía contra la entrada de agua por capilaridad. Por otra parte, la cámara ventilada que este tipo de espacios constituía es la mejor protección contra la radiación solar directa, la mejor garantía para un control eficaz y sencillo de los aportes solares.
11 Conviene añadir además que los agradables espacios abuhardillados tan queridos de las revistas de decoración, suelen ser muy problemáticos desde los puntos de vista de estanquidad y control térmico, porque no responden a las condiciones de nuestros materiales y de nuestro clima. Hoy estos espacios están más valorados que el resto del edificio, y eso se traduce en la sustitución de las despectivas voces tradicionales que aludían a la ventilación o el almacenaje de trastos por otras como ático, que en otro tiempo era el «último piso del edificio, más bajo de techo que los inferiores, que se construye para encubrir el arranque de las techumbres» (RAE), y que ahora es el piso más deseado de la casa, generalmente retranqueado y del que forma parte a veces una magnífica terraza. La repetición de ese retranqueo y algunas ordenanzas municipales generaron también el *sobreático. Muy modernamente se está difundiendo el cómicamente pedante término anglosajón de *penthouse para cualquier espacio bajocubierta.

15.5.13

CELAJE. LOS NOMBRES DE LA VENTANA

Los nombres de la ventana
3 Lucero. Lucera. Lucerna
4 Lucernario. Lucarna. Lumbrera
5 Guardilla. Buhardilla
6 Tragaluz. Claraboya. Montera. Linterna
7 Ventanal. Ventano. Ventanera
8 Balconera. Balcón. Mirador. Cierro. Camón. Coche parado
9 Ajimez. Mirilla. Ventanillo. Vasistas
10 Óculo. Ojo. Ojo de buey. Rosa. Rosetón
11 Mezanina. Galería
12 Andana
13 Montante. Luneta. Escucha. Trampilla
14 Respiradero. Buhedera. Saetera. Tronera
15 Jemesía. Espejuelo
16 Celaje

1 Dicen que los esquimales tienen decenas de voces para diferenciar las formas de la nieve, quizás tantas como nosotros hemos heredado de nuestros campesinos para matizar las formas de la lluvia. Sustantivos como llovizna, chaparrón, chirimiri, aguacero, matacabra, calabobos, chubasco... Verbos como chispear, lloviznar, diluviar, jarrear... Adverbios como torrencialmente, mansamente... Expresiones como chuzos de punta, a cántaros, a mares... Lo que nos es tan próximo y tan necesario exige y sugiere mil matices que merecen sus correspondientes nombres.
2 Pues bien, en este capítulo trataremos una parte del edificio tan concreta que está reducida a un sólo elemento, pero es éste tan rico y con tantos matices, que él sólo nos permitirá cumplir con las cuarenta voces que nos hemos propuesto tratar en cada uno de estos apartados. Nos referimos a la ventana, el elemento constructivo más importante de la arquitectura, la negación del muro. Construir es levantar muros y cubiertas que encierran espacios, unos espacios que no son habitables hasta que no perforamos esas envolventes para buscar toda la luz, la ventilación y las vistas que el exterior puede darnos. Y hoy más que nunca, la búsqueda de la transparencia y la liviandad hace que se pueda decir que el hueco es ya la materia misma, y casi la única, de la construcción y la arquitectura.
3 Los variados nombres de las ventanas aluden a sus diversas propiedades. De ellas, la más importante, sin duda, es la de llevar luz a las habitaciones. Imagínese lo que pudo significar una entrada de luz en una cueva o en un sótano oscuro. Ese lujo increíble de tener luz en un espacio protegido de las inclemencias del tiempo justifica que el lucero, «postigo o cuarterón practicable por donde entra la luz» (RAE), comparta el nombre con un planeta más rutilante que las estrellas, Venus, el lucero del alba. Pero la misma raíz tienen muchos tipos de ventana que comportan la idea de introducir la luz por la parte alta del espacio habitable: lucera, «ventana o claraboya abierta en la parte alta de los edificios» (RAE), o lucerna, «abertura alta de una habitación» (RAE).


4 Capítulo aparte merecen las ventanas específicas de la cubierta, cuyo nombre más generalizado no está reconocido por la RAE: el *lucernario, «ventana en la cubierta» (MM). La *lucarna y la lumbrera reciben definiciones imprecisas, pero puede deducirse que son voces muy próximas; Paniagua las considera sinónimas, para él son ventanas verticales cubiertas por un plano de cubierta que tiene una pendiente más baja que el resto del faldón «por elevación de una parte de [...] la vertiente de un tejado». Quizá por esa forma de desviación, de salida tangencial, la lucarna es también un aliviadero lateral en una corriente de agua, mientras que la lumbrera es la «abertura por la que sale la viruta en el cepillo de carpintero» (T).


5 Entre las ventanas abiertas en la cubierta, no podemos olvidar la mansarda, que se sitúa en el faldón inferior de un tejado de este tipo (véase Hastial) y la más tradicional *guardilla, «abertura hecha en el tejado, cubierta con una pequeña construcción que tiene forma de casita, provista de ventana en su parte delantera» (MM), aparato que el diccionario de la RAE sólo acepta como buhardilla: «ventana que se levanta por encima del tejado de una casa, con su caballete cubierto de tejas o pizarras, y sirve para dar luz a los desvanes o para salir por ella a los tejados».
6 En esa posición cenital, que privilegia la luz sobre todas las demás facultades de la ventana, se halla el evidente tragaluz, voz que exhibe su glotona capacidad para introducir luz en el interior. Más importante, la claraboya, la poética claire voie, camino de luz, techo de cristales, por ejemplo, sobre una caja de escalera (MM). Como la montera, «cubierta de cristales sobre un patio, galería, etc.» (RAE). Aún más monumental, la linterna: «especie de coronamiento en forma de domo, con vidrieras, calado o en belvedere y puesto en lo alto de un edificio», según el Torroja.


7 Por su tamaño la ventana adopta muchos nombres, pero el diccionario recoge el grande, ventanal, y el pequeño, ventano. Ventanera no es ninguna forma de abertura, sino la «mujer ociosa muy acostumbrada a asomarse a la ventana para ser vista» (RAE). La ventana, efectivamente, no sólo sirve para ver sino también para ser visto, aunque el diccionario es evidentemente ofensivo. E insiste: «hacer ventana una mujer es ponerse en ella para ser vista».
8 Para ver es importante que el hueco llegue hasta el suelo de la habitación, y entonces se le llama balconera. El diccionario de la RAE define así el balcón: «hueco abierto al exterior desde el suelo de la habitación, con barandilla por lo común saliente». Pero hoy reservamos esa voz al plano en voladizo situado por fuera de la balconera y protegido por una barandilla. La importancia de la observación del exterior se evidencia en nombres tan enfáticos como mirador, que es sinónimo de cierro, «mirador, balcón encristalado» (RAE). Da la impresión de que los balcones se cerraron como hoy las terrazas. Se le llama también camón, quizá por la armadura de madera que permitía montar en el balcón la caja vidriada (MM). Es asimismo curiosa la expresión coche parado, que se aplica «a un balcón o mirador en un sitio muy concurrido», según María Moliner.


9 A veces, por el contrario, lo importante es ver sin ser visto. Quizás sea para proteger la intimidad, como se consigue con las celosías. La voz ajimez describía, hasta el siglo XIX, una ventana a la que se adosaba un cajón de celosías para poder mirar incluso hacia los lados. Otras ventanas, por motivos de seguridad, hacen posible que se pueda observar al visitante sin permitir a éste ni el mínimo atisbo del interior, y han dado lugar a todas las pequeñas aberturas en las puertas de acceso que se llaman mirilla o ventanillo: «ventana pequeña o abertura redonda o de otra forma, hecha en la puerta exterior de las casas y resguardada por lo común con rejilla, para ver la persona que llama, o hablar con ella sin franquearle la entrada» (RAE). Es especialmente curiosa debido a su corrupta etimología la voz vasistas citada por Paniagua como una distorsión del alemán Was ist das (¿Qué hay?). Peralta asegura que se trata de un término francés usado de forma abusiva en lugar de montante y ventanillo.
10 La ventana tiene un papel fundamental en la composición de la fachada, y por ello ha adoptado formas diversas y ocupado lugares significativos que han dado lugar a otras tantas voces específicas. Hablaremos en otro lugar de la espectacular serliana, pero aquí podemos citar todos los nombres de las ventanas circulares, como *óculo, ojo u ojo de buey. Rosa o rosetón son también ventanas circulares pero sobre todo este último tiene nervios y forma calados con adornos.


11 De entre los elementos acristalados destaca la mezanina, según el Torroja «el hueco apaisado o ventana que hay en los áticos, sotabancos, etc.», y para Matallana «el vano que sirve de ventana en los áticos o sobrados y es más ancho que largo». Pero también la más próxima galería, palabra que encierra en la actualidad demasiados significados. Galería viene de galilaea, de la región pagana de Galilea, por ser la galería o pórtico de las iglesias donde permanecía el pueblo en vías de conversión (MM). Una galería es cualquier espacio alargado bien iluminado, por eso sirve para habitaciones, pasos entre edificios, aditamentos de planta baja, cuerpos volados en plantas altas y espacios insertos en el macizo edificado.


12 La indefinición sobre si se trata de un espacio abierto al exterior o cerrado por una vidriera aún complica más las cosas. Cada región ha utilizado esa voz para nombrar unos elementos constructivos adecuados a su clima y a su arquitectura popular. Así, llamamos galerías a los amplios miradores acristalados gallegos y a las solanas abiertas a oeste de las masías catalanas. Parece razonable, pues, reservar galería para cierres acristalados y recuperar solana, ándito, ‘logia, porche, etc. para los espacios abiertos. La agrupación ordenada de huecos también recibe nombres como la andana, «la fila de ventanas o balcones que en cada piso o alto de un edificio sigue una línea horizontal» (MT).
13 Sobre las puertas interiores o exteriores es habitual colocar una ventana que ilumina el local aunque la puerta esté cerrada. Es el montante (MT), que se llama luneta cuando tiene forma semicircular (MM). Una función muy particular es la de la ventana abierta para escuchar sin ser percibido; es la escucha: «la ventana pequeña que había en las salas donde se reunían los consejos en palacio, por la que el rey podía escuchar lo que se trataba sin ser visto» (MM). Entre los huecos especiales que se abren en el interior no podemos olvidar a la popular trampilla: «ventanillo en el suelo para mirar al piso inferior» (RAE).


14 Algunas voces están específicamente relacionadas con la función de ventilar los locales. La más explícita es respiradero, «abertura o conducto por donde entra y sale el aire» (RAE), pero también debemos recordar la buhedera, «tronera, agujero», según el mismo diccionario, aunque su raíz procede de bufar (soplar), según Corominas. Por último, quedan algunas voces que recuerdan las aberturas en muros de defensa, pero que hoy se usan para definir ventanas muy estrechas, como la saetera, «ventanilla estrecha de las que se suelen abrir en la escalera y en otras partes» (RAE), o muy pequeñas, como la tronera: «ventana estrecha y pequeña por donde entra escasamente la luz», según la Academia.
15 El hueco a veces no se llega a definir como una forma nítidamente contorneada sino que se trata de un conjunto de perforaciones o calados que llevan, o no, un trasdosado de vidrios. Es el caso de la jemesía, que parece ser una celosía que se puede construir con materiales más gruesos: «enrejado de piedra, ladrillos, yeso o madera para dar luz y ventilación» (MM), o del espejuelo: «ventana, rosetón o claraboya, por lo general con calados de cantería, cerrados con láminas de yeso transparente » (RAE).
16 Celaje, la voz que encabeza el capítulo, alude también a alguna forma de protección. Celar es encubrir, ocultar, y celada, la pieza de la armadura que protegía la cabeza dejando descubierta la cara. Para celaje la RAE tiene una acepción como «claraboya o ventana, o la parte superior de ella». Pero si nos acercamos a la primera acepción, «aspecto que presenta el cielo cuando hay nubes tenues o de varios matices», podemos imaginar que celaje aún sería útil para nombrar los cerramientos de vidrio opalizado que «encubren, ocultan el interior y dan una luz similar a la de un cielo cuando hay nubes tenues».

Ignacio Paricio.

6.5.13

BEATA. LA CUBIERTA DE TEJA

Beata. La cubierta de teja
1 Solape. Solapo. Traslapo. Imbricado. Encaballado
2 Laja. Tejamanil
3 Ímbric. Teja romana. Cubrejuntas
4 Teja árabe. Canal. Cobija
5 Teja plana. Marsellesa. Alicantina
6 Teja vana. Lata por canal. Arjeute. Chillado. A torta y lomo
8 Beata
9 Aguilón. Bocateja. Luneta. Cornijal. De borde. De copete. Álabe. Canaliega. Canaliza. Tortuga
10 Roblón. Talón. Lomera. Muslera
11 Garabato. Orejuela

1 El tejado es una obra de construcción muy elaborada que protege a los edificios de la lluvia conduciendo las aguas fuera de su planta mediante la yuxtaposición de unas piezas solapadas y de elaborado diseño: las tejas. Solape es la palabra clave en esa construcción, en que cada pieza protege el borde superior de la pieza siguiente montando sobre ella.
Por eso tiene tantos sinónimos: solapo, traslapo, imbricado y encaballado. Las tejas resuelven la tremenda contradicción entre la exigencia de continuidad para evacuar el agua y la exigencia de libre dilatación para permitir la deformación de unas piezas sometidas a radicales cambios de temperatura. La continuidad de la evacuación la aseguran por solape, pero ese solape plantea problemas muy diferentes en elsentido de la pendiente y en el sentido que le es perpendicular.


2 En el sentido de la pendiente casi siempre se recurre al solape simple: una pieza plana monta sobre la inferior unos centímetros, más o menos según la inclinación del tejado, el régimen de lluvias, etc. Pero en el sentido paralelo a la pendiente la cosa es más complicada. El solape simple no suele bastar porque el agua, al ir bajando, puede moverse lateralmente e introducirse bajo la pieza vecina. Por ello las tejas totalmente planas exigen que la junta entre dos piezas esté protegida por la pieza de la hilada inferior, que se introduce bajo ellas cerrando ese hueco completamente. Eso supone grandes espesores, grandes consumos de piezas y, generalmente, cubiertas muy pesadas. Es el caso de las cubiertas de pizarra o de las lajas de piedra o, incluso, de madera, como el tejamanil centroamericano («tabla delgada cortada en listones que se emplea como teja», según lo define María Moliner), o de cerámica, como las escamas vidriadas del modernismo catalán.


3 Si los bordes de una teja plana se levantan formando una bandeja, las juntas entre dos de ellas se podrá proteger con un sencillo tapajuntas.
Esa teja hoy vuelve a ser utilizada, pero pocos recuerdan que tiene un nombre específico, según recoge Paniagua: *ímbrice. La RAE sólo cita imbricado, del latín imbricatus, cubierta de tejas. Lo valioso de esa voz, ímbrice, es que lleva en su raíz la idea de solape. La ímbrice es la teja romana, muy parecida a muchas de las empleadas en el Renacimiento italiano, donde, en algún caso, esa junta se cierra sencillamente con mortero. Habitualmente se tapa con una esbelta pieza en forma de U invertida que calza sobre las dos bandejas: el *cubrejuntas. (Los nombres históricos de estas tejas, ya completamente olvidados, pero que aún constan en algún diccionario, como el de Paniagua, son *tégula, *kalipter y *keramis).


4 El diseño de la teja árabe lleva un paso más allá su sofisticado diseño y soluciona ambas situaciones, bandeja y cubrejuntas, con la misma pieza. Para ello la pieza se abomba y adopta una forma troncocónica, de manera que unas piezas embocan dentro de las otras. La canal cumple el papel de la bandeja romana; se sitúa debajo, con la concavidad hacia arriba, y se enchufa dentro y sobre la inferior para solapar con ella. La cobija se coloca entre las canales, cubriendo la junta y envolviendo la de la hilada inferior para conseguir su solape.


5 La que comúnmente se llama teja plana resuelve la escorrentía entre tejas con un conjunto de pliegues y nervaduras que forman unas canales que impiden la progresión lateral del agua hacia el interior y la conducen fuera del área solapada, siempre sobre la teja inferior. La he oído llamar teja *marsellesa, quizás por influencia francesa. No obstante, y puestos a utilizar gentilicios, serían preferibles los españoles y denominarla *alicantina, como ya se hace en muchos lugares. En realidad, aunque es muy común en el Levante español, esa teja se usa en toda la Península y no especialmente en lugares poco lluviosos (es muy frecuente en Pontevedra, por ejemplo).


6 La manera de colocar las tejas da nombre a los diversos sistemas de cubierta. Si se apoyan en listones perpendiculares a la pendiente apoyando cada teja en uno arriba y otro abajo, se llama a teja vana. Cuando los listones son paralelos a la pendiente y cada teja-canal se dispone entre dos de ellos como en una camilla, se dice que está a lata por canal. Cuando se parte de un plano general de cubierta, el *arjeute (véase La carpintería de armar de E. Nuere) o chillado (chilla: «tabla delgada, de mala calidad», según María Moliner). Las tejas pueden amorterarse y se dice que entonces están colocadas a torta y lomo.
7 En los dos primeros casos se da por supuesto que el espacio inferior no es habitable, es decir, que no reúne las condiciones de confort necesarias para ser ocupado durante la mayor parte del año. Sin embargo, colocada la teja a torta y lomo, y en sus variantes contemporáneas de colocación sobre forjados inclinados, que son hoy las más frecuentes, se considera ese espacio como habitable. Se puede recurrir entonces a aislamientos térmicos con materiales muy eficaces, aunque se deben tener en cuenta dos objetivos que difícilmente se conseguirán: la evacuación de las humedades que atravesarán la cerámica, nunca absolutamente impermeable de forma relativa, y la evacuación de los tremendos calores que puede producir el soleamiento veraniego.
8 Por ello es tradicional la sustitución de algunas tejas cobijas por unas piezas especiales con una amplia boca a modo de bocina o toca monjil, son las *beatas, que dan nombre a este apartado. Una voz que llegó a ser popular pero que ha quedado asociada a las ventilaciones de cinc (T) y que Serra Hamilton definió como «pequeñas piezas que protegen unas aberturas de los tejados o cubiertas para ventilación del espacio entre la cubierta y el último techo o cielo raso».
9 El vocabulario del tejado es muy preciso, como se puede apreciar. La pérdida de esos términos acarrea también el olvido de algunas de las especifidades de la construcción tradicional: las tejas de corte especial como el aguilón, que se corta por ambos lados para acabar en punta el vuelo de la limatesa. O de colocación asimismo especial, como la bocateja, que es la primera de las tejas canales, la que vierte aguas al canalón, y que según el Torroja también recibe el nombre de *luneta. O lo que podría llamarse *cornijal o la teja *de borde, de difícil postura, que remata lateralmente el vuelo de los aleros, y hace de lambrequín y goterón. O la teja *de copete, que se coloca en el punto de intersección de varias limatesas no horizontales. O el álabe, teja dispuesta en voladizo, a veces en varias capas solapadas, para soportar el vuelo del alero. O, por último, la teja más alargada y estrecha con la que se forman las canales: la canaliega, «la teja más combada que las otras» (RAE), que se emplea para formar el canal de desagüe de los tejados. El Torroja distingue además una *canaliza, la teja usada en las limahoyas; y existe también una teja de tres brazos que sirve a la vez de canaliega y bocateja y a la que he oído llamar *tortuga (véase el diccionario de Corominas).
10 Pero incluso algunas partes de las tejas disponen de nombre, como el lomo, o roblón, que es su parte convexa y abombada (MM), o el *talón, que es su borde. El lomo da nombre asimismo a la teja árabe, que a veces se denomina *lomera. En Argentina la llaman *muslera, porque tomaba su forma aproximadamente troncocónica sobre el muslo del tejero.


11 La disposición a teja vana suma al peligro del viento el del desplazamiento de las tejas sobre las latas o las chillas. Por ello en este caso las tejas se fijan, como lo hacen siempre las pizarras, con un alambre que calza su parte superior, bajo el solape, y desciende por detrás de ellas hasta la lata. Por el dibujo que ese recorrido exige al alambre se le llama garabato, voz que los diccionarios sólo recogen como gancho para colgar algo. Algunas tejas, sobre todo las más planas, tienen un saliente especial con una perforación para facilitar su atado a los listones o cabios: es la orejuela, que la RAE sólo cita para ollas y tazas.
12 Hoy este tipo de cubierta de larga y sabia elaboración no está de moda. La elementaridad geométrica difundida por el Movimiento Moderno, las exigencias de transitabilidad provocadas por la escasez de espacio y la imagen abigarrada y lomuda de la teja árabe están dejando fuera de concurso una solución segura y duradera, que es aún la más utilizada. La pervivencia de la teja en la arquitectura culta parece estar condicionada a una geometría más tersa. Algunas formas de cubierta inclinada, como las chapas metálicas, sustituyen a la teja árabe para conformar superficies más planas. La teja plana, o alicantina, todavía tiene algún futuro por su sencilla volumetría. Quizás algunas formas nuevas de teja romana o ímbrice puedan competir, con su noble plano de fondo formado por las bandejas y el rayado ordenado de los cubrejuntas, en este exigente mundo de la tersura y planeidad.

2.5.13

ALBENDA

Albenda
Las protecciones del hueco
2 Albenda
3 Hoja practicable
4 Postigo. Contraventana. Abatidor
5 Pernicho. Puertaventana
7 Cuarterón. Lucero
8 Celosía
9 Romanilla. Mucharabí
10 Persiana Mallorquina
11 Librillo
12 Persiana de cuerda. Persiana enrollable. Bombo. Capialzado
13 Lamas. Frailero
14 Veneciana
15 Guardamalleta
16 Brisoleil. Parasol
17 Cortina. Colgadura. Galería. Alzacortinas. Visillo
18 Estor
19 Guardapuerta. Antepuerta. Sobrepuerta
20 Portier. Mampara. Pleita
21 Compuerta
22 Cancel
1 Las transformaciones de la ventana podrían dibujar la historia de la arquitectura de este siglo. Han cambiado sus formas, sus materiales y sus proporciones en la fachada. Pero la transformación más radical ha sido probablemente la que ha supuesto la pérdida de todos sus complementos. La ventana se ha desnudado de todas sus protecciones hasta quedar reducida a un mínimo y escueto acristalamiento.
Los complementos de la ventana burguesa formaban a fines del XIX un completísimo paquete de recursos con los que podía diseñarse el filtro más adecuado para cada estación, cada actividad, cada momento del día.
2 Albenda, la voz que encabeza este artículo, nos recuerda uno de los más modestos, pero también uno de los más eficaces recursos para la protección del hueco: la cortina de lino dispuesta en el interior de la ventana para reflejar la radiación solar e impedir su paso hasta el interior del edificio gracias a su trama y color (recuérdese que el efecto invernadero sólo afecta a la radiación emitida por el cuerpo y no a la reflejada). La RAE la define como una «colgadura de lienzo blanco usada en lo antiguo, con adornos a manera de red o con encajes de hilo...». Su origen está en la voz árabe de estandarte o bandera. Bien, puesto que todos estos temas han sido tratados ya en el primer tomo de esta serie, La protección solar, aquí sólo comprobaremos el paralelismo entre la reducción de esos complementos del hueco y la de nuestro vocabulario para referirnos a ellos. Este capítulo recorrerá todas las protecciones perdidas, o ignoradas, y reivindicará un análisis más serio de las exigencias del hueco en la cultura y en el clima mediterráneos.


3 Pero procedamos ordenadamente y acerquémonos a esa ventana de nuestros abuelos. Imaginemos una ventana acristalada formada por una o más hojas practicables, es decir, que pueden abrirse. El acristalamiento permite la generosa entrada de luz pero el primer complemento será el que haga posible el oscurecimiento de la habitación.
La solución son unos tableros de madera que se articulan sobre la misma hoja y que tapan los vidrios. Pueden disponerse por dentro o por fuera de las hojas. Si bien la disposición interior es más cómoda para la manipulación de la hoja, la exterior proporciona más seguridad para el vidrio. Los diccionarios son confusos a la hora de distinguir entre las voces que se utilizan para nombrar ambas soluciones, pues se alternan las voces que las localizan en el exterior y las que las sitúan en el interior, o bien se muestran ambiguas al respecto.
4 Postigo es la voz más interesante y la más claramente localizada en el interior de la ventana, (del latín postícum, formado con post, detrás).
Sin embargo, para muchos es sinónimo de contraventana, que, aunque para Matallana debería estar siempre en el exterior, para la RAE tanto puede estar dentro como fuera del vidrio. Se usa menos, pero es también interesante, la voz *abatidor, que alude al gesto del tablero que cae sobre la luz reduciendo su intensidad. El abatidor puede utilizarse también como captador de luz si su intradós está forrado de un material reflectante y si el giro se hace de manera que se pueda conseguir la reflexión adecuada. Las estrechas calles del casco antiguo barcelonés todavía tienen testimonios de esos viejos reflectores.


5 El postigo tenía muchas otras funciones además de las ya referidas de oscurecimiento y protección del vidrio: reducía notablemente las pérdidas térmicas nocturnas al formar una cámara de aire con la hoja y contribuía eficazmente a la protección acústica y a la seguridad. El Torroja cita *pernicho como sinónimo de postigo y la RAE considera puertaventana como idéntica a contraventana.
6 Cuando hoy hablamos de una ventana corredera nos referimos siempre a la hoja que se desplaza en su propio plano, pero originalmente la corredera era «la tabla o postiguillo de celosía que corre de una parte a otra para abrir o cerrar» (RAE). Matallana confirma la antigüedad de esta acepción: «tabla que se corre para cerrar una puerta o ventana».


7 En las buenas carpinterías, y para poder controlar mejor la iluminación, se podían abrir algunos elementos móviles dentro de la hoja del postigo.
Se les llama a veces cuarterón porque se trataba de uno de los paneles del mismo nombre que formaban el postigo. Antiguamente era habitual hacer practicable un cuarterón de los más altos del postigo de manera que se conseguía una eficaz entrada de luz sin pérdida de la intimidad. A ese elemento se le llamaba también lucero, por razones evidentes: «postigo o cuarterón de las ventanas por donde entra la luz» (RAE).
8 Como ha podido adivinarse, el principal inconveniente del postigo o contraventana es su radicalidad. Cuando está cerrado no entra nada de luz y no se percibe lo que pasa en el exterior. Un elemento bellísimo va a resolver el problema permitiendo matizar el exceso de luz y ver sin ser visto: la celosía (de celos) o «enrejado de listoncillos de madera o de hierro que se pone en las ventanas de los edificios y otros huecos análogos para que las personas que están en el interior de la casa vean sin ser vistas» (RAE). La celosía, jemesía dice algún vocabulario, es la solución por excelencia para un hueco de planta baja que se abre a un espacio público, pues permite una perfecta combinación de intimidad, visión y ventilación.


9 Cuando la celosía forma un paramento horizontal de cierta longitud se llama romanilla, «cancel corrido a manera de celosía que se usa en las casas de Venezuela, principalmente en el comedor» (RAE), y cuando cierra por completo todos los paramentos de un balcón o mirador se llamaba ajimez (del árabe: lo expuesto al sol), pero este nombre se ha trasladado modernamente a la ventana geminada (P), que veremos en otro lugar. Para el Torroja la voz *mucharabí es sinónima del antiguo ajimez: «balcón que sobresale al exterior, cubierto por celosías de madera».


10 Pero la celosía presenta la incomodidad de impedir una relación directa con el exterior, pues forma una especie de reja difícil de admitir en muchos locales contemporáneos. Su sustituto es la persiana, la celosía que puede retirarse del hueco e incluso graduar su opacidad: «especie de celosía compuesta de un bastidor con varias tablillas movibles de modo que entre el aire y no el sol» (MT). El sistema de manipulación da nombre a los diversos tipos de persianas: la más tradicional es la que se forma disponiendo tablillas inclinadas dentro de una hoja practicable y que en algunos lugares se llama ‘mallorquina.


11 Para ocupar menos espacio se utilizó mucho a fines del XIX el plegado de varios marcos verticales hacia los lados del hueco; se trata de la persiana de *librillo que caracteriza la vivienda de nuestros ensanches: «se aplica a la hoja de una puerta o ventana que se dobla girando, y en la cual hay otra colgada que gira igualmente que ellas superponiéndose esta parte de la hoja a la otra» (MT). Es una pena que la RAE sólo reconozca el librillo del papel de fumar.
12 En construcciones anteriores o en ambientes rurales, la persiana estaba casi siempre formada por tablillas sin marco, unidas por cadenillas o alambres que permitían el enrollado del conjunto en la parte superior del hueco. Es la tradicional persiana de cuerda. A partir de los años veinte se difunde en ambientes urbanos la persiana enrollable manipulable desde el interior con una cinta y con recogida oculta en un *bombo o cajón situado bajo el dintel. Lo que en Madrid, por desplazamiento del derramo volteado en el dintel, se denomina capialzado (el significado de esta voz se estudia en el capítulo Telar).


13 Las tablillas a que nos estamos refiriendo eran de madera pero hoy se están construyendo con plásticos (PVC) o con aluminio, y se suelen llamar lamas. Si las lamas son fijas, como hemos supuesto hasta ahora, el control de la luz y la visión serán escasos. Para poder ver el exterior sin abrir por completo la persiana se utilizó una solución que recibe el nombre de frailero. En realidad es un nombre genérico para todos los elementos practicables dentro de una hoja que también lo es. Incluiría por lo tanto el cuarterón, pero el frailero se ha identificado un poco más con los elementos de celosía o de persiana. Pueden verse fraileros en persianas de cierto tamaño y sobre todo en celosías fijas.
14 Pero para conseguir un control completo de la luz y la visión, tendremos que recurrir a las persianas de lama móvil. Algunas son idénticas a las descritas como de marco practicable o de librillo, pero otras aportan soluciones especiales, como la *veneciana. Se trata de una persiana formada por tablillas muy finas colgadas de unos hábiles cordoncillos que permiten tanto el apilado de las lamas en la parte superior de la ventana como su libre orientación en cualquier posición del desplegado.
Esta persiana ha sido muy utilizada en el Levante y el sur de España. Hoy está encontrando un nuevo desarrollo con las modernas lamas de aluminio y los sistemas mecánicos de plegado.


15 La veneciana se recogía en el dintel tras una pieza muy ornamentada: la guardamalleta, una lámina de madera calada, chapa perforada o, incluso, de fundición. El abandono de la persiana veneciana y el mal trato recibido por algunas bellísimas guardamalletas son un contrapunto penoso en el precioso entorno del valenciano Paseo de Ruzafa. Resulta incomprensible que no se haya encontrado en esta ciudad una manera de resolver unas protecciones contemporáneas de manera que puedan recogerse en el cajón ya conformado por la guardamalleta en vez de superponerse groseramente al mismo, como se hace con frecuencia.
16 No podemos cerrar las protecciones contra el sol sin mencionar el galicismo *brisoleil. No lo citan muchos diccionarios pero se usa con bastante frecuencia por influencia de la arquitectura del Movimiento Moderno, que utilizó elementos constructivos como vuelos horizontales o paramentos verticales para impedir que el sol llegase a las ventanas. Aunque para ese papel ya tenemos el castellano parasol, éste se ha asociado demasiado a quitasol o sombrilla. Es previsible, pues, que se consolide el éxito del brisoleil, pero no es deseable que amplíe su campo a variantes de la persiana que tienen nombres muy específicos en nuestro idioma.


17 A estos elementos constructivos se añadían otros de carácter más doméstico, como las pesadas cortinas que complementaban definitivamente la protección nocturna contra el frío, o como los inefables visillos que matizaban la transparencia de los vidrios. Los tejidos han tenido una misión protectora más importante de lo que hoy creemos. María Moliner, cuando los define, hace mención a ello (cortina: «pieza de tela que se cuelga como adorno o para abrigo»; colgadura: «tela que se pone colgando para adorno o para evitar el paso del aire»). Las eficaces cortinas penden de unas guías ocultas tras una caja de madera forrada de tela, la galería, y se recogen lateralmente con el alzacortinas, que cuelga de un gancho fijo a la pared. El visillo, por fin, impide la visión desde el exterior y tamiza la luz.
18 En la actualidad se ha añadido el estor, anglicismo ya reconocido por la Real Academia como la «cortina de una sola pieza que se recoge verticalmente ». Se utiliza esa voz sobre todo para designar las cortinas de tejido con una trama tal que permite la observación del exterior y sin embargo protegen notablemente de la radiación solar. Generalmente se enrollan en la parte superior del hueco, tal como especifica la RAE, y pueden colocarse en el interior o en el exterior del edificio.
19 Los diccionarios recogen voces como guardapuerta «cortina que se pone delante de una puerta» (RAE); *antepuerta, es sinónima para María Moliner pero no para la RAE, que únicamente la entiende como la segunda puerta de una fortaleza; o sobrepuerta, la «colgadura en forma de volante que se pone sobre las puertas» (MM). Pero la voz que merece ser recordada por encima de todas ellas es la bellísima albenda, que da nombre a este capítulo.
20 Incluso se aceptan voces como la de origen francés portier: «cortina pesada y lujosa, de las que se colocan delante de una puerta o balcón» (MM). O una de las acepciones de mampara: «segunda hoja de puerta que se pone aplicada a la principal y suple a ésta cuando queda abierta por algún tiempo, formada generalmente por un bastidor de tela o piel, oscilante», según María Moliner. No querría olvidar las viejas persianas de esparto que he visto en tantos pueblos y que están hechas con tiras de pleita, «faja o tira de esparto que cosida con otra forma esteras» (MM).


21 El diseño de las hojas practicables de las puertas y ventanas también se ha simplificado mucho. Por lo que se refiere a las puertas tradicionales las había que se abrían en dos mitades superpuestas, como lacompuerta: «media puerta que cierra solamente la parte inferior de alguna entrada, sólo para impedir el paso fácil de personas o animales, sin interceptar el de la luz. En una puerta partida horizontalmente en dos partes que pueden moverse independientemente, la parte inferior» (MM).
22 La puerta principal exige soluciones más complejas. Uno de los elementos más interesantes es la doble puerta como protección de la intimidad o contra la corriente de aire. Hoy utilizamos soluciones de este tipo, pero pocos recuerdan qué es el cancel: «dispositivo añadido a una puerta para evitar las corrientes de aire dentro del recinto cuando ésta se abre; por ejemplo, el formado por un techo y tres paredes, con puertas en las dos laterales» (MM).
23 Pero además todos esos filtros pueden interponerse a voluntad: en todo momento puede el curioso asomarse al exterior; el que limpia puede ventilar la habitación; o el somnoliento, encerrarse en la más absoluta oscuridad. Todos esos inteligentes filtros son graduables u orientables.
La falleba alargada fija la distancia entre las hojas entreabiertas y permite ventilar sin perder la protección que proporcionan. Las persianas de cuerda se proyectan por fuera de la barandilla del balcón para que el aire pase por detrás de ellas. Una hoja de librillo se despliega, la otra quizás no, para formar una pantalla frente a un sol que cae lateralmente. Las lamas de las persianas movibles se orientan abriendo las inferiores para que entre más luz sobre el plano de trabajo mientras que las más altas quedan semicerradas para proteger del sol, permitiendo sin embargo una refrescante ventilación. Visillos y cortinas se pliegan, levantan, pellizcan y recogen para conseguir la luz e intimidad deseadas.
24 No será fácil que los sorprendentes vidrios que hoy se nos anuncian consigan esa ductilidad en su papel de filtro y protección; nunca podrán ofrecer esa sutilidad de matices para que clima, sol, luz, vista e intimidad se conjuguen para la mayor satisfacción de un individuo que en un momento específico del día y del año, en un estado anímico particular, realiza una acción concreta. La normativa, que siempre llega del frío porque siempre se mueve por los caminos que se le señalan en el norte de Europa, difícilmente nos llevará a mejorar ese equipamiento de nuestras ventanas. El uso de contraventanas correderas, de venecianas entre carpinterías dobles, de las todavía caras venecianas orientables en cámara de vidrio y otros muchos recursos convencionales serán fructíferos durante muchos años.
25 En cualquier caso sí se debe tener en cuenta que la elemental lámina de vidrio que estamos usando con tanta liberalidad supone un gravísimo retroceso respecto a las protecciones convencionales. Estamos recurriendo a vidrios carísimos en situaciones en las que la sencilla albenda nos ofrecería una solución eficaz por la calidad de la luz que la atraviesa, por su altísima reflexión de la radiación infrarroja (que reduce radicalmente el efecto invernadero), porque es útil tanto con la ventana abierta como cerrada, por la facilidad con la que puede abrirse, o entreabrirse, cuando interesa captar la radiación. Recuerden, albenda: cortina de lino...

Ignacio Paricio